Mensajitos (epílogo)
Hola. Si, soy yo. El mismo que sufrió y escribió las anteriores historias. El mismo que os aconseja que las leáis antes de leer ésta, por lo menos, la titulada "Mensajitos". Y es que, después de más de tres meses de haber compartido mi última "aventura" regreso de los olvidados para intentar poneros al día.
Comenzaremos por el porqué de mi ausencia. Aunque no lo creáis, llega un momento en el cual todo individuo debe abandonar su nido, con esto no digo que me haya ido de casa, no, pero me he ido del bar (oooooooohhh...). Sí, así es. Debido al haberme interesado por aprender algo en esta vida, mis 22 años de constante estudio han desembocado en un trabajo obligado, limitado, sin opciones claras de futuro, a dos horas de camino y no remunerado. Viva la educación española!! Éste es el motivo de mi cese como camarero. Pero miento, aun mantengo un vinculo con mi querida barra; los Domingos sigo acudiendo. Pero ya no es lo mismo.
Os preguntareis que ha sido de Gustavo y compañía. Pues bien, no lo sé. Para qué engañaros. En los dos meses de mi ausencia no le he visto (quizá este muerto, quizá no). De vez en cuando le pregunto a mi hermano, que es, digamos, mi sustituto. Y de vez en cuando me pregunta también él y me cuenta cada situación con los clientes, haciéndome recordarla cómo me sucedió a mí en tantas ocasiones. A continuación explicaré lo que sé sobre "los mensajitos" a partir del punto donde lo dejamos, pues aun estuve un mes más trabajando allí.
La historia anterior concluyó con Gustavo a punto de ser agredido por B y acompañado por un taxista a la Guardia Civil para contarlo. Pues si, simplemente lo contó, no denunció ni nada por el estilo y la Guardia Civil, evidentemente, dijo que si no denunciaba ellos no podían hacer nada.
Al día siguiente, por la tarde, un cliente que conocía la historia a la perfección (pues había vivido en directo el momento Gustavo camarero me dijo que esa misma noche le había vuelto a mandar otro mensaje. Uf, yo no daba crédito a sus palabras. Se la está jugando, dije. Al cabo de dos días Gustavo apareció, lo cierto es que ya estaba cuando yo llegué. Estaba animado, alcoholizado y jugando al mus con otras personas que, claro está, no le conocían. Y cuando me vio empezó a contarles cómo le defendí, lo bien que me había portado con él y lo gran persona que era yo. En esto, llegó Q, acompañado por un amigo, y sin hacer caso de la presencia de Gustavo pero dándose cuenta de ella, me pidieron dos botellines. Así los minutos iban transcurriendo más tranquilamente de lo que yo esperaba, sinceramente. Hasta que Gustavo, que también se había percatado de la presencia de Q, con un arrebato de valentía provocada por el alcohol se acercó hasta Q y le extendió la mano. Q le miro y le dijo "vete de aquí, que nadie te ha llamado". Gustavo le dio dos palmaditas afectuosas en el hombro y volvió a la partida. Q me pidió otros dos botellines y se los puse con una sonrisa de complicidad. Él, también sonriendo, me dijo en tono bajo: "no te rías Mariano, si esto es así, te has enterado de lo que ha pasado no? pues a mí que no me venga con gilipolleces. Que está loco, y con un loco no se puede tratar. Pero vamos, yo ya no me preocupo, le van a dar un palo, ya esta todo arreglado. Ya verás...". Cuando se fue Q, Gustavo me llamó y me dijo que si podía salir a la puerta a hablar un momento con él, le miré con cara de poco interés y salí. Hasta entonces siempre había hablado con él a través de la barra y no sabía lo que me esperaba. ¿Sabéis ese tipo de personas que cuando te hablan parece que te vallan a besar? DIOS! ODIO QUE ALGUIEN ACERQUE SU CARA A LA MÍA A UN PUTO PALMO PARA DECIR GILIPOLLECES. Pues ahí me tuvo, arrinconado, contra la pared, sin escapatoria y con la cabeza girada para evitar tragar su aliento mientras pronunciaba la siguiente ristra de memeces: "Qué te iba a decir yo Mariano, que... que cómo es que tardaste tanto en reaccionar el otro día... cuando vino el B amenazándome..." Dijo más estupideces pero eso fue lo que a mi se me quedó en la mente durante unos segundos de sopor, en los cuales, incluso se me olvidó que respiraba su mismo aire. Mi respuesta fue lo más clara que pude: "No te equivoques Gustavo, que yo lo único que hice fue decirle que se calmara, porque en este bar no se pega nadie. Ahora, que si él huebiera querido sacarte afuera y liaros a ostias, te aseguro que yo no pesaba mover ni un dedo. ¿Tú te crees que a mí me importan tus líos? Bastantes problemas tengo yo para encima encargarme de los de los tuyos". Seguidamente me fui a la barra mientras me decía que no me enfadase. Yo le dije que no me enfadaba, pero que no se montara películas.
Desde ese día creo que no he vuelto a ver a Gustavo, pero no os alarméis, no está muerto, ni herido. Mi hermano le ve de vez en cuando y me cuenta que siempre que va le pregunta por mi (la madre que lo parió...). Según me dice, me sigue teniendo como un dios... y si os digo la verdad, no entiendo por qué. Pero en el fondo me da pena, y me avergüenzo de escribir estas líneas porque él de verdad me aprecia. Pero es que, joder, necesito desahogarme.
Y es que en el fondo, las historias aquí contadas no han sido más que un desahogo, y digo "han sido" porque probablemente no vuelva a escribir ninguna más debido a que ya no tengo tanta relación con los clientes. Excepto una que me queda en la recámara, que pasó ya hace mucho y quizá la comparta, pero no estoy seguro de ello.
Se despide de vosotros un camarero corriente, de un bar de barrio, en un pequeño y recóndito lugar del mundo, con una jornada de 4 ó 5 horas, y hasta los cojones de la gente.
Hasta pronto.

